Alberto Aguirre.

(Publicado en El Economista y Sintesis Dr. Héctor Muñoz).

Como toda procesión, fue un caos. Y la organización, un fracaso. El canciller, Marcelo Ebrard, aguantó apenas 50 minutos de pisotones y jaloneos. En medio de esa cápsula estaba el presidente Andrés Manuel López Obrador y su intención era ingresar al mediodía al Zócalo capitalino.

Miguel Torruco ya había quedado atrás, en el primer anillo de funcionarios que quiso caminar al lado del Ejecutivo federal en la Marcha de la Transformación. Delfina Gómez se retiró discretamente, al igual que otros senadores que decidieron desapartarse de la columna centra y adelantarse al Zócalo. La planeación de Adán Augusto López Hernández era una ficción que ni siquiera contempló la toma del Ángel de la Independencia, la noche anterior, por contingentes morenistas de la CDMX.

Los medios públicos transmitieron sin cortes. El presidente del sistema de radiodifusión del Estado, Jenaro Villamil, acuñó una de las frases de la jornada: “El Estado Mayor Social cuida al presidente”. Y el gabinete federal suplantó a la Ayundatía, para abrirle paso en su camino a la Plaza de la Constitución.

El secretario de Gobernación y la jefa del Gobierno capitalino no se despegaron del líder. Nacho Mier estuvo al principio, pero se retiró en la glorieta de La Palma. Más adelante se incorporaría Alejandro Armenta, también por un breve lapso.

Adán Augusto y Andrés Manuel López Beltrán estaban en medio de ese caos que Epigmenio Ibarra —fiel a su promesa— quiso documentarlo, cámara al hombro, pero desfalleció. Pero la masa se comió al diamante que protegía al líder, a menos durante la mitad del trayecto. Repetir la ruta de aquellos que marcharon para defender al INE hace dos semanas, no fue la mejor idea. Menos, organizar los contingentes estatales por orden alfabético y pensar que avanzarían rumbo al Zócalo en orden.

En medio del océano popular, AMLO avanza pausadamente. A un costado de la sede del Senado, en el cruce de Madrid y Paseo de la Reforma, fueron apostados dos Jetta blancos para trasladar al Ejecutivo federal y a los presidenciables al Zócalo poco antes del mediodía, pero el Jefe Máximo canceló ese plan, lo que implicó que mientras en el Zócalo —donde el sol caía a plomo, inclemente— se prolongaran el espectáculo musical que trataba de animar a la audiencia.

La necedad tiene un límite. Y también, la tarifa autorizada para los autobuses que facilitaron el traslado de los contingentes. El tramo final de la marcha tomó una ruta distinta a la originalmente planeada y AMLO, ya sin los presidenciables como escoltas, recorrió la calle de Madero. Su arribo a la plaza ocurrió tres horas más tarde de lo estimado.

¿Qué es más importante? ¿La demostración contundente de las bases morenistas, que no están dispuestas a ceder las calles a los fifis? ¿O el mensaje presidencial en el cuarto aniversario de su llegada a Palacio Nacional? La definición de la ideología cuatroteíta —el humanismo a la mexicana— quedó oculta entre los 110 logros de este cuatrienio que, para bien o para mal, no contará a la reforma electoral.

Efectos secundarios

RESULTADOS. En materia económica, los resultados de la gestión del equipo encabezado por el secretario Rogelio Ramírez de la O son notables. Los precios al consumidor subieron menos de lo esperado, al tiempo que la política monetaria se ha fijado la meta y los inversionistas sopesan las probabilidades de más alzas en las tasas de interés. En México, el IPC aumentó 0.56%, por debajo de la mediana proyectada de 0.64%, aunque la inflación subyacente, que excluye combustible y alimentos, se aceleró más de lo esperado. Los banqueros centrales de ambos países están lidiando con una inflación sobre el objetivo y amenazas de precios al consumidor que pueden provocar nuevos aumentos de tasas. México está lidiando con los efectos inflacionarios del alza en el precio de los alimentos y la invasión de Rusia a Ucrania.

Publicado por El Economista

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