Salvador García Soto |

Empieza a parecer que hay toda una estrategia para reventar al titular de Relaciones Exteriores, para descarrilarlo y sacarlo del tablero de 2024

Cuando el presidente López Obrador declaró, en julio de 2021, que se abría la sucesión presidencial adelantada para los aspirantes de Morena al 2024, todas las miradas y análisis se dirigieron a tres nombres: Claudia Sheinbaum, Marcelo Ebrard y Ricardo Monreal. Luego vino el manotazo presidencial contra Monreal y la lista se redujo a dos precandidatos reales, por encima de las otras “corcholatas” intrascendentes que decía tener el inquilino de Palacio: Ebrard y Sheinbaum.

Comenzó ahí un juego de ajedrez en el que cada aspirante empezó a mover sus piezas y a aprovechar sus cargos públicos para posicionarse y adelantar en la partida presidencial anticipada. Pero luego el mismo López Obrador comenzó a hacer públicas y explícitas sus preferencias y su debilidad por la jefa de Gobierno de la CDMX, con señales y apapachos cada vez más evidentes, con lo que Marcelo empezó a ser visto como el “Plan B” por observadores y analistas, mientras el canciller hacía una alianza con Ricardo Monreal y desplegaba su juego y sus movimientos aprovechando cada tema y evento en la política exterior y los encargos de política interna que le hacía el Presidente.

Hasta ahí el movimiento de peones y alfiles entre Sheinbaum y Ebrard iba más o menos parejo: si Claudia aparecía en una entrevista “espontánea” en la portada de la revista de El País Semanal, Marcelo aprovechaba la Cumbre del G-20 para tomarse selfies y fotos forzadas con los jefes de Estado de las potencias mundiales. Y en eso apareció, en agosto del año pasado, un nuevo caballo en el tablero: Adán Augusto López, que llegó desde Tabasco a la Secretaría de Gobernación, como una incógnita sobre cuál sería su papel y trascendencia en este gobierno.

En pocos meses el paisano y “casi hermano” tabasqueño del Presidente despejó cualquier duda y con movimientos rápidos y calculados se volvió el operador político de todas las confianzas y el encargado de la interlocución presidencial con los otros dos poderes, con opositores, empresarios y hasta con los organismos autónomos, tan repudiados y golpeados por Palacio Nacional. Adán ocupó el lugar que tuvo el defenestrado Julio Scherer en la cercanía, el ánimo y en el oído presidencial y se volvió tan visible e indispensable, que no pocos empezaron a verlo como “el caballo negro” o el “auténtico Plan B” de López Obrador rumbo a 2024.

La aparición silenciosa, pero firme, de Adán Augusto en el tablero de la sucesión vino a complicarles el juego tanto a Claudia como a Marcelo; pero a diferencia de la jefa de Gobierno, que se sigue beneficiando del favor del Presidente, al canciller le empezaron a jugar con una estrategia extraña desde Palacio Nacional. Por un lado, López Obrador elogia y reconoce de palabra el trabajo de Ebrard, pero al mismo tiempo, en los hechos, las acciones y decisiones presidenciales en materia de política exterior le meten mucho ruido y le generan roces y tensiones con otros países al secretario de Relaciones Exteriores.

Al principio muchos pensaron, incluso dentro de su propio equipo, que Marcelo Ebrard necesitaba resistir un chaparrón pasajero para mantenerse en la carrera por el 2024. Pero ahora ese chaparrón resultó tormenta después del comunicado pendenciero al Parlamento Europeo, que al parecer contó con la intervención de la señora Beatriz a quien le encanta el término “panfletario” que usó contra Vargas Llosa, y que se aleja por completo del lenguaje histórico de la diplomacia mexicana, para más bien acercarse al estilo de diatriba de Nicolás Maduro.

Hoy, con la deliberada, ruda y atrabancada actuación del presidente López Obrador en los asuntos de política exterior (primero España, luego Austria, EU y ahora el Parlamento Europeo) empieza a parecer que hay toda una estrategia para reventar al titular de Relaciones Exteriores, para descarrilarlo y sacarlo del tablero de 2024 y así allanarle el camino a Claudia Sheinbaum. Y aún más, el reciente nombramiento de Alicia Bárcena, exsecretaria de la Cepal, como nueva directora del Instituto Matías Romero, escuela y semillero de la diplomacia mexicana que depende justo de la SRE, parece un movimiento para poner en jaque mate al canciller.

En otras palabras, los recientes pleitos y desplantes diplomáticos del Presidente parecen ser un mensaje para decirle a Marcelo Ebrard que su posición en el tablero cambió y que tal vez es momento de que defina muy bien su próximo movimiento. Porque si hasta ahora la lógica de su juego era: “Me aguanto porque así tengo boleto para la carrera 2024”; ahora más bien parece: “aunque me quede, el desgaste es de tal magnitud que tampoco tendría ese boleto para la carrera 2024 aun quedándome”.

Marcelo Ebrard tendrá que evaluar muy bien sus decisiones en los meses por venir. Porque mientras siga de “apagafuegos” de su incendiario jefe, como lo hizo con el canciller español y más recientemente con el embajador de la Unión Europea, siempre correrá el riesgo de quemarse con los juegos pirotécnicos de López Obrador. Y aunque en su propio equipo hay quien dice que “al que no le guste el fuego que no se meta a la cocina”, el canciller se está arrimando tanto al fogón que en una de esas va a terminar chamuscado.

Así que, con el Presidente convertido en un Nerón que incendia desde Palacio las relaciones e intereses internacionales del país, la duda es ¿qué tanto más aguantará Ebrard y cuánto tardará en resolver su dilema? Si se queda hasta el final podría acabar como cartucho quemado y, en caso de que decida salirse antes del gabinete, no está claro si lo hará “calladito para verse más bonito”, o si sale con un estridente discurso de rompimiento que marque su deslinde de la 4T y el comienzo de la búsqueda de una candidatura presidencial independiente a la que se le sume una alianza de partidos de oposición para enfrentar a la candidata o el candidato de Morena en el 2024.

Por redaccion

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