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Realizan tradicional procesión de vírgenes en Chiapas

El pueblo indígena zoque de Copoya, una comunidad de Tuxtla Gutiérrez, cumplió la procesión de vírgenes, una caminata de unos 15 kilómetros

  • (Con información de Agencia EFE y López Dóriga Digital con imágenes de EFE y Carlos López)

Por más de 300 años el pueblo indígena zoque de Copoya, una comunidad de Tuxtla Gutiérrez, capital del estado de Chiapas, en el sureste de México, cumple la procesión de vírgenes, una caminata de unos 15 kilómetros que se realizó nuevamente este jueves.

Los zoques bajan caminando y cargando en mecapal, una faja para llevar carga, desde Copoya hasta Tuxtla Gutiérrez, las tres imágenes religiosas representando a la Vírgenes de la Candelaria, del Rosario, de Olachea Maya, una tradición que no se ha interrumpido a pesar de la pandemia del COVID-19.

Integrantes de esta comunidad zoque Tuxtla, feligreses, músicos, bailes y priostes (mayordomos de una hermandad) llegan a la casa del presidente de junta de festejos en Copoya para “levantar” a las vírgenes, y con ello, dar inicio a este recorrido de unos 15 kilómetros que finalizó al sur-poniente de Tuxtla Gutiérrez.

Durante el recorrido los acompañan diversos grupos católicos como los del Jobo, Copoya y la mayordomía zoque de Tuxtla Gutiérrez.

En la caminata la procesión gritó ‘vivas’ para las vírgenes y la melodía del carrizo y el tambor no dejó de sonar durante todo el recorrido para esta añeja tradición del estado de Chiapas.

Bajo un intenso sol, los devotos emprendieron su trayecto, demostrando que la cultura zoque sigue vigente y se acompaña de alabanzas y sones del Rosario y de la Candelaria. Como la mayoría de las celebraciones indígenas, en esta se mezcla la religión con las creencias prehispánicas.

Los fieles católicos cargan las vírgenes, una pequeña capilla, envueltas en palma y adornadas con flores de colores, en cada parada o descanso, tanto hombres, mujeres y jóvenes piden o agradecen a las advocaciones de las virgen.

En esta caminata se integran los parachicos, danzantes tradicionales, que van hasta adelante de la procesión, seguidos de mujeres danzantes llamadas yomoetzé, suyuetzé, apapok-etzé, tamboreros y piteros.

Para este ritual el anfitrión sirvió putzazé, un platillo a base vísceras de res preferido por los zoques, además se repartió pozol blanco y de cacao, bebida a base de masa, elaborados por las comideras (cocinera) de la comunidad zoque de Tuxtla.

Una tradición que se abre a la tecnología

En estos 18 meses que ha durado la pandemia, la tradicional procesión se ha abierto a la tecnología a través de las redes sociales, mediante las cuales cientos de indígenas zoques son testigos de la celebración.

Mujeres ataviadas de una falda color naranja, blusa blanca y un paño blanco estampado con la Virgen de Guadalupe en la cabeza son guiadas por María Angélica Camera, quien tiene el cargo de primera del baile o danza de la yomoetze, un encargo para mantener el equilibrio entre el bien y el mal.

“Danzamos para que siempre estemos bien, para que haya lluvia para la milpa y que estemos todos buenos (sanos), que nos libre de este covid, para eso le danzamos a la madre”, contó María Angélica mientras atendía a sus danzantes tras la larga caminata.

Otro de los puntos esenciales en este ritual es quien dirige la armonía de la danza y eso lo hace Jorge Antonio de la Cruz Velázquez, quien es el maestro pitero y músico tradicional y cuya familia ha participado en la tradicional procesión.

Según relató Óscar de la Cruz Mendoza, albacea principal de la mayordomía Zoque de la Virgen del Rosario, esta ceremonia se lleva a cabo desde el siglo 18 y el ritual tiene conexión con la madre tierra.

Recordó que las danzas simbolizan la obtención de buenos frutos y semillas sagradas que permitan la buena cosecha para el siguiente ciclo agrícola.

Las tres imágenes religiosas son conocidas como las vírgenes de Copoya o ‘Copoyitas’, las cuales fueron escondidas en diferentes casas durante la persecución religiosa de 1935-1936.

Una vez pasado este movimiento, las vírgenes fueron rescatadas y se les construyó una ermita y más tarde un templo en Copoya donde actualmente permanecen.